Cómo una industria internacional aprendió a fabricar opinión pública
Bots, cuentas falsas, trolls humanos, medios digitales, microsegmentación y campañas destinadas a posicionar artificialmente determinados temas ya forman parte de una industria internacional de influencia política. Fernando Cerimedo, hoy investigado judicialmente en Bolivia, permite seguir el recorrido de estas técnicas desde Brasil y Argentina hasta Chile. La pregunta de fondo ya no sería solamente quién intenta convencernos, sino quién consigue decidir qué veremos primero.
Una transmisión desde Buenos Aires
El 4 de noviembre de 2022, Brasil todavía intentaba digerir una de las elecciones más tensas de su historia reciente.
Luiz Inácio Lula da Silva había derrotado a Jair Bolsonaro por un margen estrecho. Mientras el Tribunal Superior Electoral defendía la integridad del sistema de votación electrónica, sectores bolsonaristas cuestionaban el resultado y comenzaban manifestaciones en distintos puntos del país.
A casi 2.500 kilómetros de Brasilia, desde Buenos Aires, un consultor político argentino encendió una cámara.
Fernando Cerimedo presentó durante una transmisión por internet un supuesto informe técnico que afirmaba haber detectado irregularidades en determinados modelos de urnas electrónicas brasileñas. Las afirmaciones eran falsas.
Posteriormente, el Tribunal Superior Electoral adoptó medidas para retirar el contenido y medios de verificación brasileños desmontaron las conclusiones del documento. Cerimedo volvería incluso a presentar esas ideas durante una audiencia en la Cámara de Diputados brasileña.
Lo importante para esta investigación no es solamente que la información fuera incorrecta. Es la velocidad.
La transmisión habría alcanzado alrededor de 400.000 espectadores simultáneos y el contenido comenzó a circular por canales de Telegram, redes sociales y espacios bolsonaristas cuando las instituciones todavía intentaban responder.
Una investigación internacional encabezada por el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística documentó incluso el testimonio de una mujer brasileña que, después de ver la presentación de Cerimedo, salió con sus hijas a participar en las protestas contra el resultado electoral.
No existe evidencia que permita afirmar que aquella transmisión haya provocado los acontecimientos posteriores ni que Cerimedo hubiese conocido necesariamente la falsedad del documento.
De hecho, esa distinción resulta fundamental.
La Fiscalía brasileña no lo incorporó entre los acusados por la trama golpista porque, según explicó el fiscal general Paulo Gonet, no pudo acreditarse que Cerimedo supiera que el material que difundió era falso.
Pero el episodio permite observar algo diferente.
Una información fabricada, revestida de apariencia técnica y difundida por internet podía ingresar en cuestión de horas a una conversación política nacional.
El problema ya no era únicamente quién producía el mensaje.
Era cómo conseguía que millones de personas terminaran encontrándose con él.
Del convencimiento al algoritmo
Durante buena parte del siglo XX las campañas políticas tenían un problema relativamente sencillo de comprender.
Para influir había que llegar a la mayor cantidad posible de ciudadanos.
Eso significaba actos públicos, avisos en diarios, propaganda radial, televisión, carteles y posteriormente páginas web.
Las redes sociales modificaron esa lógica.
Facebook, X, YouTube, TikTok e Instagram no muestran necesariamente los contenidos en orden cronológico. Sus sistemas seleccionan aquello que consideran relevante para cada usuario.
Y para determinarlo observan señales.
Interacciones, reacciones, comentarios, compartidos, tiempo de permanencia, volumen de conversación.
Ahí apareció una oportunidad.
Si suficientes cuentas interactúan coordinadamente con un mensaje, podrían generar señales capaces de hacer que una plataforma interprete ese contenido como relevante.
Después comienza el efecto verdaderamente interesante.
La plataforma podría mostrarlo a personas reales.
Esas personas comentan, discuten, comparten.
Y aquello que inicialmente pudo haber sido impulsado artificialmente termina generando conversación auténtica.
Fernando Cerimedo explicó públicamente parte de esa lógica.
En la investigación internacional Mercenarios Digitales, publicada por CIPER y otros medios latinoamericanos, reconoció utilizar trolls y cuentas generadas mediante herramientas tecnológicas. Cerimedo sostuvo que no las utilizaba para atacar adversarios ni simular apoyo personal a sus candidatos, sino para “engañar al algoritmo” y conseguir mejor posicionamiento para los mensajes de sus clientes.
La expresión resulta reveladora.
Porque describe un cambio profundo en la comunicación política.
Ya no sería necesario convencer primero al ciudadano.
Podría bastar con convencer primero al sistema que decide qué verá el ciudadano.
Una industria, no una anomalía
Cerimedo no inventó este mercado.
Ni parece ser un fenómeno exclusivamente latinoamericano.
El Oxford Internet Institute estudió durante años las denominadas “cyber troops”: equipos gubernamentales, partidistas y privados que utilizan herramientas digitales para intervenir en conversaciones políticas.
Su estudio global de 2020 encontró evidencia de campañas organizadas de manipulación de redes sociales en 81 países.
En 76 de ellos se había utilizado desinformación o contenido manipulado como parte de estrategias políticas.
En 57 aparecía el uso de bots.
Y en 79 se habían empleado cuentas humanas organizadas.
Pero quizá el hallazgo más importante fue otro.
Oxford identificó la creciente presencia de empresas privadas vendiendo estos servicios.
Desde 2018 había registrado más de 65 firmas ofreciendo propaganda computacional como servicio, y calculaba en casi US$60 millones el gasto conocido en contratación de este tipo de empresas desde 2009.
Eso cambia completamente la naturaleza del problema.
No se necesitaría formar un ejército secreto.
Podría contratarse.
Publicidad.
Segmentación.
Cuentas falsas.
Influencers.
Trolls.
Automatización.
Campañas negativas.
Posicionamiento.
Producción audiovisual.
Monitoreo de adversarios.
El conjunto comienza a parecerse menos a una conspiración y más a un mercado profesional de influencia.
Oxford incluso empleó una expresión particularmente clara:
disinformation-for-hire.
Desinformación por encargo.
Chile apareció temprano en el mapa
Fernando Cerimedo era prácticamente desconocido para la opinión pública chilena cuando, en septiembre de 2020, apareció una encuesta de su empresa Numen.
Chile se preparaba para votar si iniciaba o no un proceso constituyente.
Hasta ese momento prácticamente todos los estudios mostraban una ventaja considerable del Apruebo.
Numen presentó otra fotografía.
Según su estudio, la distancia sería mucho menor.
La encuesta decía haber recogido más de 18.000 respuestas mediante internet y redes sociales.
Posteriormente Cerimedo reconoció que el trabajo había sido encargado por empresarios partidarios del Rechazo.
Los resultados finales fueron contundentes.
El Apruebo obtuvo 78,3%.
Cerimedo posteriormente describiría su estudio como un error de muestra.
CIPER y LaBot documentaron, sin embargo, que aun utilizando las estimaciones de votante probable entregadas por Numen, sus cifras permanecían aproximadamente veinte puntos por debajo del resultado que finalmente obtuvo el Apruebo.
Por eso conviene utilizar cuidadosamente las palabras.
No podemos afirmar que la encuesta haya sido deliberadamente falsificada.
Sí podemos afirmar que fue financiada por actores interesados en una de las opciones, que presentó resultados extraordinariamente distintos de otros estudios y que su metodología fue ampliamente cuestionada.
También sabemos algo más.
Cerimedo reconoció posteriormente que las encuestas eran utilizadas como insumo para elaborar estrategias digitales.
La segunda aparición chilena
Dos años después, durante el plebiscito constitucional de 2022, Cerimedo volvería a reivindicar participación en Chile.
Aseguró haber trabajado en la estrategia comunicacional del Rechazo.
Integrantes del comando oficial entrevistados por la investigación Mercenarios Digitales negaron que hubiese tenido el protagonismo que él afirmaba.
Uno de ellos dijo no conocerlo.
Otro sostuvo que Cerimedo operaba desde una especie de “guerrilla de las redes”.
La discrepancia importa.
Porque impide adjudicarle éxitos electorales sin pruebas.
Pero durante aquel período ocurrió un episodio que ayuda a comprender la mecánica digital.
Después del triunfo del Rechazo, La Derecha Diario publicó que el presidente Gabriel Boric habría sufrido un “colapso nervioso”.
La información fue desmentida por el Gobierno.
Un análisis realizado por Fundación Interpreta detectó, sin embargo, que el hashtag #Boricinternado comenzaba a circular en redes incluso minutos antes de la publicación del artículo.
Aquello no demuestra por sí mismo quién coordinó la circulación.
Pero plantea una pregunta legítima:
¿puede primero instalarse una conversación en redes y posteriormente proporcionarse un artículo que parezca confirmarla?
Ese mecanismo es uno de los aspectos que merecen mayor investigación.
El medio como pieza del circuito
En el viejo ecosistema político, un diario otorgaba legitimidad a determinada información.
La lógica digital podría reproducir aquello a menor escala.
Supongamos que cien cuentas anónimas publican una afirmación.
El usuario puede desconfiar.
Pero si esas mismas cuentas comparten un enlace de apariencia periodística, la percepción cambia.
Ya no dicen: “Yo creo que ocurrió esto”.
Dicen: “Lo publicó un medio”.
El artículo comienza entonces a circular.
Otros sitios podrían copiarlo.
Influencers podrían comentarlo.
Usuarios reales podrían compartirlo.
Finalmente, un contenido producido originalmente dentro del mismo ecosistema político aparece rodeado por múltiples señales de validación.
La Derecha Diario, fundado originalmente por Cerimedo y actualmente bajo control del empresario español Javier Negre, ha desempeñado un papel importante dentro de ese ecosistema comunicacional. Cerimedo declaró en 2023 que había creado el sitio para “influir” sobre el espacio político de derecha.
Eso tampoco convierte automáticamente cada publicación del medio en desinformación.
Sería periodísticamente irresponsable afirmarlo.
Lo relevante es comprender la arquitectura posible:
medio → redes → cuentas coordinadas → viralización → usuarios reales → debate público.
Brasil: cuando la duda llega antes que la verificación
El caso brasileño lleva este fenómeno a una escala diferente.
Las afirmaciones sobre las urnas electrónicas circularon dentro de una sociedad ya profundamente polarizada.
El Tribunal Superior Electoral había auditado las máquinas y rechazó las acusaciones de fraude.
Pero la desinformación encontraba otra ventaja estructural:
el desmentido siempre llega después de la afirmación.
Producir una sospecha puede tomar segundos.
Demostrar técnicamente por qué es falsa puede requerir páginas de explicaciones.
Ese desequilibrio temporal es uno de los principales activos de la propaganda digital.
Una frase breve:
“Las urnas fueron manipuladas”.
La respuesta institucional requiere explicar auditorías, modelos de máquinas, procesos de verificación, estadísticas, controles y procedimientos.
Cuando termina, millones de usuarios ya pueden estar discutiendo la acusación original.
La mentira no necesariamente necesita ganar la discusión.
A veces podría bastarle con instalar la duda.
¿Existe realmente un “método Trump”?
Es tentador conectar todos estos casos con una sola organización.
Donald Trump. Steve Bannon. Cambridge Analytica. Bolsonaro. Milei. Cerimedo. Javier Negre.
La realidad resulta más compleja.
Existen similitudes metodológicas claras entre campañas políticas desarrolladas en distintos países: comunicación directa mediante redes, polarización, enfrentamiento con los medios tradicionales, microsegmentación, contenidos emocionales, creación de medios propios y cuestionamiento de instituciones.
También existen relaciones personales y empresariales.
Cerimedo ha sido relacionado, por ejemplo, con Brad Parscale, quien dirigió la estrategia digital de Donald Trump en 2016 y posteriormente su campaña presidencial.
En marzo de 2025, La Derecha Diario anunció que Cerimedo había sido designado representante latinoamericano de Campaign Nucleus y Eyes Over, empresas vinculadas a Parscale. La información ha sido reproducida posteriormente por medios chilenos.
Eso constituye una conexión concreta.
Pero conexión no significa cadena de mando.
Hasta ahora no encontramos evidencia suficiente para afirmar que exista una estructura internacional centralizada desde donde Bannon, Trump o cualquier otro actor distribuya órdenes operativas a consultores latinoamericanos.
La explicación podría ser simultáneamente más sencilla y más importante.
Las técnicas viajan porque funcionan.
Un operador observa una estrategia. La adapta, la vende.
Otro la perfecciona.
Un candidato la compra.
Una empresa la ofrece en un nuevo mercado.
Así se comportan las industrias.
Filipinas: fabricar apoyo antes que América Latina
Un antecedente particularmente ilustrativo apareció en Filipinas.
Durante la campaña de Rodrigo Duterte en 2016, Nic Gabunada estuvo vinculado a la operación digital del candidato.
Tres años después, Facebook anunció la eliminación de una red coordinada asociada a Gabunada por comportamiento inauténtico coordinado.
La compañía eliminó 200 páginas, grupos y cuentas de Facebook e Instagram.
Alrededor de 3,6 millones de cuentas seguían una o más de esas páginas.
El episodio demuestra que mucho antes de que el fenómeno se volviera cotidiano en América Latina, ya existían redes organizadas capaces de producir una apariencia masiva de conversación política.
No sería correcto llamar a Filipinas “paciente cero”.
Existen antecedentes anteriores.
Pero permite comprobar que el modelo no pertenece a una sola cultura ni a una sola ideología.
La tecnología no tiene militancia
Este punto es esencial para que la investigación no termine convertida en una disputa entre derechas e izquierdas.
Oxford encontró operaciones de propaganda computacional desarrolladas por gobiernos, partidos y organizaciones de orientaciones políticas muy diferentes.
Las herramientas son neutrales.
Puede contratarlas un gobierno autoritario. Un candidato democrático. Una empresa. Un partido conservador. Un movimiento progresista. Una organización religiosa. Un grupo empresarial. La pregunta periodística no debería ser: “¿Quién piensa como nosotros?”
Debería ser: ¿Quién intenta fabricar artificialmente la percepción de apoyo público?
Porque allí aparece el problema democrático.
La ilusión de mayoría
Existe un concepto utilizado desde mucho antes de las redes sociales:
astroturfing.
El término juega con la diferencia entre grassroots —movimiento de base— y AstroTurf, una marca de césped artificial.
Es decir:
un movimiento que parece espontáneo, pero podría haber sido fabricado.
Las redes sociales transformaron enormemente la escala del fenómeno.
Mil cuentas coordinadas pueden producir una tendencia.
Una tendencia puede convertirse en noticia.
Una noticia puede ser comentada por políticos.
Los políticos pueden reaccionar públicamente.
Los medios cubren esas reacciones.
Y finalmente el ciudadano recibe como acontecimiento nacional aquello que quizá comenzó con una estructura relativamente pequeña.
No significa que todas las tendencias sean falsas.
Ni que todos los movimientos digitales sean operaciones.
Significa que la cantidad visible de conversación dejó de ser una prueba suficiente de apoyo ciudadano real.
El problema de medir la opinión pública
Aquí aparece otro asunto delicado.
Durante décadas las encuestas intentaron responder: ¿Qué piensa la sociedad?
Las redes sociales parecían ofrecer una respuesta más inmediata: ¿Qué está diciendo la sociedad?
Pero existe una diferencia. Las redes no son necesariamente muestras representativas.
Y si además pueden intervenir cuentas automatizadas, trolls, campañas pagadas y operadores profesionales, utilizar tendencias de redes como sustituto de opinión pública puede conducir a errores importantes.
Diez mil publicaciones no representan necesariamente diez mil ciudadanos.
Un millón de interacciones tampoco equivale automáticamente a un millón de personas.
Incluso un contenido viral puede reflejar rechazo antes que apoyo, donde el volumen no explica por sí mismo el sentido político.
¿Qué pasa ahora con Cerimedo?
El nombre del consultor volvió a ocupar titulares en agosto de 2026 por una cuestión completamente distinta.
Cerimedo fue arrestado el 18 de agosto en el aeropuerto Viru Viru de Santa Cruz, Bolivia, después del ataque armado sufrido por su expareja, la abogada Nadia Beller.
La Fiscalía boliviana posteriormente lo imputó por tentativa de feminicidio y solicitó prisión preventiva mientras continúa la investigación. Actualmente enfrenta además otras investigaciones surgidas durante las pesquisas. Cerimedo niega las acusaciones y su responsabilidad deberá ser determinada por los tribunales bolivianos.
Nada de aquello permite utilizar sus actuales problemas judiciales como prueba retroactiva de su actividad política.
Sería un error. Su detención simplemente volvió a iluminar una trayectoria que ya estaba documentada años antes.
Y esa trayectoria abre una ventana hacia un fenómeno mucho mayor que Cerimedo.
Los nuevos mercenarios
Un mercenario tradicional vende capacidad militar.
El operador digital vende otra cosa:
capacidad de influencia.
No todos trabajan necesariamente con información falsa.
No todos utilizan bots.
No todos violan leyes.
Existe una enorme industria legítima de comunicación política digital.
Pero Oxford demuestra que dentro de ese mercado también existen empresas que han ofrecido herramientas de manipulación coordinada.
Y allí aparece una zona gris que las democracias todavía no han resuelto.
¿Cuándo una campaña digital deja de ser publicidad?
¿Cuándo una cuenta automatizada se convierte en engaño?
¿Debería identificarse quién financia una tendencia?
¿Un medio político tiene obligación de transparentar que comparte propietarios con una consultora electoral?
¿Debe una plataforma informar cuando detecta amplificación artificial?
¿Quién fiscaliza una operación realizada desde otro país?
Las leyes electorales fueron diseñadas para un mundo territorial.
Internet no lo es.
Chile frente al vacío regulatorio
Chile ha desarrollado regulaciones sobre financiamiento electoral, propaganda y encuestas durante períodos electorales.
Pero una red internacional de cuentas puede operar desde Buenos Aires, Madrid, Miami o cualquier otra ciudad.
Un portal puede estar alojado fuera del país.
Un consultor extranjero puede prestar servicios remotamente.
Los pagos pueden realizarse a empresas internacionales.
Y una parte significativa de la conversación puede ocurrir meses antes del período legal de campaña.
La institucionalidad electoral enfrenta entonces un adversario conceptual:
¿cómo regular una campaña que formalmente todavía no comenzó?
Más difícil aún:
¿cómo distinguir militancia genuina de una operación profesional?
Cien ciudadanos coordinándose voluntariamente no son lo mismo que cien identidades administradas por una empresa.
Desde fuera pueden parecer idénticos.
Y apareció la inteligencia artificial
El fenómeno está entrando ahora en una etapa diferente.
Durante la primera generación de manipulación digital el objetivo era conseguir que una persona leyera propaganda.
Después apareció una segunda generación:
manipular señales para conseguir que un algoritmo mostrara la propaganda a más personas.
La inteligencia artificial abre una tercera.
Los ciudadanos ya no solamente recorren redes sociales.
Preguntan directamente a ChatGPT, Gemini, Copilot, Perplexity y otros asistentes.
Eso significa que las fuentes publicadas hoy en internet podrían convertirse mañana en material recuperado por una máquina.
Nuestra investigación anterior en Biored mostró que existen redes estatales que ya producen enormes cantidades de contenido diseñado para ocupar el ecosistema informativo y que, en experimentos controlados, determinadas narrativas propagandísticas llegaron posteriormente a respuestas de asistentes de inteligencia artificial.
La evolución podría resumirse así:
primero se intentó convencer al ciudadano.
Después se intentó convencer al algoritmo que seleccionaba qué mostrarle.
Ahora podría intentarse convencer a la máquina que responde sus preguntas.
No existe evidencia para afirmar que Cerimedo forme parte de esa tercera etapa.
Sí existe un hilo tecnológico común:
la lucha por intervenir al intermediario.
Fabricar realidad
Tal vez por eso hablar solamente de “fake news” comienza a quedar corto.
Una noticia falsa es un contenido.
La estructura que estamos observando sería diferente.
Podría combinar: un medio digital; una consultora; cuentas coordinadas;
publicidad segmentada; influencers; automatización; encuestas; memes; videos;
y posteriormente inteligencia artificial.
Cada elemento por separado puede ser perfectamente legítimo.
El problema aparece cuando funcionan coordinadamente sin que el ciudadano conozca quién está detrás.
Porque entonces ya no estamos solamente discutiendo qué información consume una democracia.
Estamos discutiendo quién consigue construir el ambiente dentro del cual esa democracia interpreta la realidad.
La pregunta que queda
Las democracias aprendieron durante décadas a preguntar quién financia una campaña.
¿Quién paga los avisos?, ¿Cuánto dinero recibe un candidato?, ¿Cuánto espacio utiliza en televisión?, ¿Quién dona?, ¿Quién contrata?
El algoritmo agregó una nueva capa.
Ahora también deberíamos preguntar: ¿Quién financió esas cuentas? ¿Quién convirtió ese hashtag en tendencia? ¿Quién produjo el artículo que todas ellas comparten?, ¿Son realmente personas distintas?, ¿El movimiento nació espontáneamente?, ¿O alguien pagó para que pareciera espontáneo?
Fernando Cerimedo puede resultar relevante porque varios episodios de su trayectoria permiten observar algunas de esas técnicas en América Latina.
Pero convertirlo en el villano central sería perder el verdadero hallazgo.
El problema sobrevivirá a Cerimedo, porque ya existe un mercado, existen clientes, existen herramientas. Existen empresas.
Y existen algoritmos cuya función es decidir, entre millones de mensajes, qué merece nuestra atención.
La batalla política contemporánea podría estar desplazándose precisamente hacia allí.
Ya no bastaría con conseguir que una sociedad crea algo.
Antes podría ser necesario conseguir que el algoritmo crea que la sociedad ya lo está creyendo.
Y cuando aquello ocurre, distinguir entre opinión pública y opinión fabricada se vuelve mucho más difícil.
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