Durante décadas, influir políticamente significaba controlar un diario, una radio, un canal de televisión o llenar una plaza.
Hoy podría bastar con algo diferente: conseguir que un algoritmo crea que una opinión minoritaria es una conversación mayoritaria.
Ese cambio explica la aparición de una nueva clase de operadores políticos. Consultores digitales, empresas de comunicación, administradores de cuentas, medios ideológicos y redes automatizadas que podrían no necesitar convencer directamente a millones de personas. Les bastaría con producir suficientes señales digitales para que las plataformas comiencen a amplificarlas.
No estamos hablando de una teoría.
La Universidad de Oxford documentó campañas organizadas de manipulación de redes sociales en 81 países y constató que, desde 2018, más de 65 empresas privadas habían ofrecido servicios de propaganda computacional. El fenómeno ha llegado a describirse como una industria: desinformación, bots, cuentas falsas, microsegmentación y posicionamiento artificial puestos al servicio de gobiernos, partidos o clientes privados.
América Latina tampoco estaría al margen.
El nombre de Fernando Cerimedo aparece hoy nuevamente en la agenda regional por razones judiciales. El consultor argentino permanece bajo investigación en Bolivia tras haber sido detenido en el aeropuerto de Viru Viru en relación con el ataque armado sufrido por su expareja, Nadia Beller. La investigación se encuentra abierta y su responsabilidad deberá ser establecida por la justicia boliviana.
Pero para comprender su relevancia política hay que mirar bastante más atrás.
En noviembre de 2022, Cerimedo protagonizó desde Argentina una transmisión sobre las elecciones brasileñas en la que presentó un informe apócrifo con afirmaciones falsas acerca de las urnas electrónicas. La emisión llegó a reunir alrededor de 415.000 espectadores simultáneos y fue posteriormente retirada. Parte de sus argumentos fue reproducida por dirigentes bolsonaristas y se incorporó a un ambiente de cuestionamiento del resultado electoral.
Eso no permite afirmar que Cerimedo haya causado los acontecimientos posteriores en Brasil ni que conociera necesariamente la falsedad del material. Sí permite observar algo mucho más interesante: la capacidad de una pieza de contenido digital para desplazarse rápidamente desde un operador político hasta cientos de miles de ciudadanos y convertirse después en materia de discusión pública.
Chile también aparece en su trayectoria.
Una investigación internacional publicada por CIPER y LaBot reconstruyó operaciones de Numen, empresa vinculada a Cerimedo, durante los procesos constitucionales chilenos. El propio Cerimedo reconoció además que utilizaba cuentas falsas o “trolls”, según explicó a esa investigación, para engañar a los algoritmos y conseguir mejor posicionamiento para mensajes de sus clientes.
Ese reconocimiento permite comprender el verdadero problema.
Un troll individual puede insultar.
Cientos de cuentas coordinadas podrían hacer algo distinto: producir artificialmente volumen, repetición, interacción y aparente interés.
El algoritmo no necesariamente sabe si detrás de mil reacciones existen mil ciudadanos independientes o una estructura organizada.
Y cuando interpreta que algo despierta interés, puede mostrarlo a más personas.
Entonces comienza la segunda etapa.
Personas reales ven aquello que inicialmente fue amplificado artificialmente.
Comentan.
Comparten.
Discuten.
Y una conversación fabricada podría terminar transformándose en una conversación auténtica.
Eso es bastante más sofisticado que simplemente difundir una mentira.
Es intervenir sobre el mecanismo que decide qué merece nuestra atención.
No encontramos evidencia suficiente para afirmar que exista una gran central internacional desde donde Steve Bannon, Donald Trump o cualquier otro actor distribuya órdenes a todos estos operadores. Sería irresponsable presentarlo así.
Lo que sí aparece documentado es probablemente más relevante: existe un mercado internacional de técnicas, consultores y servicios destinados a intervenir la conversación política digital.
Los métodos viajan.
Se observan.
Se copian.
Se perfeccionan.
Se venden.
Y tampoco pertenecen necesariamente a una sola ideología. Las mismas herramientas podrían utilizarse desde la derecha, la izquierda, gobiernos, movimientos opositores, empresas o grupos de interés.
La tecnología no tiene militancia.
El cliente sí.
Por eso el problema democrático no debería reducirse a Fernando Cerimedo.
Cerimedo sería, en todo caso, una ventana hacia algo mayor.
Las democracias aprendieron a fiscalizar cuánto dinero recibe un candidato, cuánto espacio electoral compra y qué propaganda transmite por televisión.
Pero todavía están aprendiendo cómo fiscalizar una campaña que podría ejecutarse desde otro país, utilizando cientos de cuentas, medios digitales, algoritmos y herramientas automatizadas.
Y ahora aparece una etapa todavía más compleja.
Durante años estos operadores aprendieron a engañar a los algoritmos para influir sobre personas.
La inteligencia artificial abre una posibilidad distinta: intentar contaminar también las fuentes que esos sistemas utilizan para responder.
La batalla por la opinión pública podría estar entrando así en una nueva fase.
Primero se buscó controlar el mensaje.
Después, controlar su distribución.
Ahora podría comenzar una competencia por controlar aquello que las máquinas consideran información.
Por eso la pregunta que debería preocuparnos no es solamente quién está hablando.
Es otra:
¿Quién está haciendo que lo escuchemos?
