Durante décadas nos preocupamos porque éramos demasiados. Ahora comienza a aparecer el problema contrario.
Chile llegó a 0,99 hijos por mujer. En 1993 nacieron 275.916 niños; en 2025 fueron 146.446. Casi la mitad de los nacimientos desapareció en apenas 32 años.
Podríamos buscar culpables. El precio de las viviendas. Los salarios. Las mujeres que ingresaron masivamente al mundo laboral. La pérdida de valores familiares. Los jóvenes que supuestamente ya no quieren responsabilidades.
El problema es que ninguna de esas explicaciones, por sí sola, resiste la comparación internacional.
También están dejando de tener hijos Corea del Sur, Japón, Italia, España y hasta sociedades como Noruega, donde existen permisos parentales generosos, cuidado infantil universal y una protección social que Chile está lejos de alcanzar.
Japón no recuperó su natalidad simplemente porque durante largos períodos la vivienda dejara de encarecerse. Los países nórdicos tienen algunos de los mejores permisos parentales y sistemas de cuidado del mundo y continúan muy por debajo del reemplazo generacional. Italia y Polonia demuestran que una fuerte tradición familiar o religiosa tampoco basta. Corea del Sur gastó durante años enormes recursos intentando revertir el fenómeno: después de tocar 0,72 hijos por mujer, ha comenzado a recuperarse, pero apenas llegó a 0,80 en 2025.
Esto no significa que vivienda, salarios, conciliación, ayudas o cultura sean irrelevantes. Significa algo bastante más inquietante:
todo ello influye, pero no es suficiente para explicar el problema.
Algo más profundo está ocurriendo.
Hace décadas Gary Becker introdujo una idea que hoy adquiere una vigencia incómoda: el verdadero costo de un hijo no está solamente en lo que se compra para criarlo. Está también en el tiempo que deja de dedicarse a otra cosa.
Y cuanto más vale una hora de nuestra vida profesional, más cara resulta la crianza en términos de oportunidad.
Tener un hijo significa tiempo, vivienda, educación, cuidado y, muchas veces, ralentizar parte de una trayectoria profesional. Mientras tanto, el beneficio futuro de ese niño no será exclusivamente de sus padres. Cuando crezca trabajará, producirá, consumirá y pagará impuestos que ayudarán a sostener una sociedad completa.
Ahí existe una contradicción que llevamos décadas evitando.
La sociedad necesita niños, pero una parte importante del costo de formar la próxima generación continúa siendo privado.
Existe además otra contradicción. La vida moderna convirtió casi todo en aplazable. Podemos estudiar más tarde, cambiar de profesión, comenzar una empresa a los cincuenta o reconstruir nuestra vida varias veces. También postergamos formar una familia mientras buscamos estabilidad, vivienda, desarrollo profesional o simplemente el momento correcto.
Pero hay algo que nuestra sociedad no consiguió aplazar junto con nosotros: el calendario biológico.
Y ahora comenzamos a conocer el resultado.
El INE proyecta que desde 2028 morirán en Chile más personas de las que nazcan. La población alcanzaría su máximo alrededor de 2035 y comenzaría después a disminuir.
Esto no es un problema del próximo siglo.
Ya comenzó.
Menos niños significarán p
