Chile alcanzó en 2025 apenas 0,99 hijos por mujer. En 32 años perdió casi la mitad de sus nacimientos y, si las actuales proyecciones se cumplen, dentro de apenas dos años comenzarán a morir más personas de las que nacen. No es una singularidad chilena: gran parte del mundo desarrollado está recorriendo el mismo camino. La pregunta ya no es solamente por qué dejamos de tener hijos. Es quién sostendrá el país cuando esos hijos que no nacieron deberían estar trabajando.
Durante décadas el temor demográfico mundial fue exactamente el contrario.
Éramos demasiados.
Gobiernos, científicos y organismos internacionales discutían cómo alimentar, educar y proporcionar recursos a una población mundial que crecía aceleradamente. Esa preocupación no ha desaparecido completamente: la población mundial todavía aumentará durante varias décadas.
Pero debajo de ese crecimiento está ocurriendo algo diferente.
La humanidad está teniendo muchos menos hijos.
Naciones Unidas estima que la población mundial, que era de unos 8.200 millones en 2024, llegará aproximadamente a 10.300 millones a mediados de la década de 2080 y después comenzará a disminuir. Más de la mitad de los países ya tiene una fecundidad inferior a los 2,1 hijos por mujer necesarios para reemplazar generacionalmente su población en ausencia de migración. China, Corea del Sur, Italia y España están entre las naciones que Naciones Unidas clasifica como de fecundidad ultrabaja.
Chile llegó mucho más rápido de lo esperado a ese mundo.
146.446 niños
En 1993 nacieron en Chile 275.916 personas.
En 2025 fueron 146.446.
En apenas 32 años desapareció el equivalente al 46,9% de los nacimientos anuales. Durante el mismo período la tasa global de fecundidad cayó 59,4%. En 2025 alcanzó 0,99 hijos por mujer.
No es una proyección.
Son estadísticas vitales provisionales del Instituto Nacional de Estadísticas elaboradas junto al Registro Civil y el Ministerio de Salud.
El Censo 2024 agrega otra pieza.
En 1992, el 70,7% de las mujeres chilenas entre 15 y 49 años tenía hijos. En 2024 era el 56,6%. Lo especialmente significativo es que la mayor disminución ocurrió recientemente: nueve puntos porcentuales entre 2017 y 2024.
Incluso territorialmente el fenómeno ya comenzó a sentirse. En 2025, el 45,1% de las comunas chilenas presentó crecimiento natural negativo: murieron más personas de las que nacieron. La Araucanía, Biobío, Los Lagos y Valparaíso concentran buena parte de ellas.
Chile todavía crece porque nacimientos, mortalidad y migración interactúan. Pero el reloj ya está funcionando.
El INE proyecta que desde 2028 habrá más defunciones que nacimientos a nivel nacional. La población continuaría aumentando algunos años principalmente por la dinámica acumulada y migratoria, alcanzaría aproximadamente 20,6 millones en 2035 y comenzaría a disminuir desde 2036. Para 2070, el país tendría alrededor de 17 millones de habitantes.
No estamos hablando del año 2100.
Estamos hablando de cambios que comenzarán durante esta década.
No es solamente Chile
Aquí comienza la parte que cambia la naturaleza del problema.
Si la natalidad estuviera desplomándose únicamente en Chile podríamos buscar una explicación exclusivamente chilena: salarios, vivienda, sistema previsional, incertidumbre política o políticas familiares.
Pero ocurre también en sociedades extraordinariamente diferentes.
Japón registraba 1,26 hijos por mujer en 2022. Corea del Sur había caído a 0,72 en 2023. Noruega —rica, estable, con generoso permiso parental, educación infantil universal y amplia protección social— cayó desde 1,98 en 2009 hasta 1,41 en 2022.
Esto desmonta una explicación cómoda: no existe una sola causa. Pero permite formular una pregunta más profunda. Cuando el mismo fenómeno aparece en países con culturas, religiones, niveles de renta, precios de vivienda y políticas familiares muy diferentes, deja de ser suficiente buscar una explicación local. Hay que buscar también el mecanismo común.
Vivienda, precariedad laboral o políticas parentales no pueden descartarse. La evidencia internacional demuestra que influyen. Lo importante es otra cosa: ninguna de ellas, por sí sola, explica por qué sociedades tan distintas terminan convergiendo hacia fecundidades extraordinariamente bajas.
La OCDE encuentra que el encarecimiento de la vivienda tiene un efecto negativo significativo sobre la fecundidad. También importan estabilidad laboral, disponibilidad de cuidado infantil, permisos parentales, compatibilidad entre trabajo y familia y seguridad económica.
UNFPA llegó en 2025 a una conclusión particularmente reveladora: millones de personas no están renunciando voluntariamente a los hijos que desean; no logran tenerlos.
En una investigación realizada en 14 países que concentran más de un tercio de la población mundial, uno de cada cinco encuestados esperaba no alcanzar el número de hijos deseado. Entre las principales barreras aparecieron costo de crianza, vivienda, inseguridad laboral, preocupación por el futuro y ausencia de una pareja adecuada.
En otro estudio internacional de UNFPA, la seguridad financiera fue considerada importante para convertirse en padres por el 88% de los jóvenes consultados y la estabilidad laboral por el 87%.
La gente no necesariamente dejó de querer familias.
Para muchos, formarlas se volvió más difícil.
El precio invisible de un hijo
Aquí aparece una explicación económica mucho más profunda.
El economista de la Universidad de Chicago Gary Becker desarrolló durante décadas una idea fundamental para comprender las decisiones familiares, culminada en A Treatise on the Family (1981): un hijo no cuesta solamente pañales, alimentación, educación o vivienda.
Cuesta tiempo.
Y el tiempo tiene valor económico.
A medida que aumenta la educación, las oportunidades profesionales y la participación laboral femenina, abandonar o ralentizar una carrera para cuidar hijos tiene un costo potencial mucho mayor. Dicho de otra manera: el desarrollo no solamente encarece algunas cosas; también encarece el tiempo.
Y cuanto más vale económicamente una hora de vida profesional, mayor es el costo de dedicar miles de esas horas a la crianza.
Pero sería incorrecto transformar aquello en “las mujeres trabajan y por eso no tienen hijos”.
La evidencia moderna apunta precisamente en otra dirección.
La OCDE observa que en sociedades donde las mujeres pueden compatibilizar realmente trabajo y familia, mayor empleo femenino puede coexistir con mayor fecundidad. El problema aparece cuando una persona debe escoger entre desarrollar su vida profesional o desarrollar su familia.
Corea del Sur es probablemente el laboratorio más extremo.
Su fecundidad cayó a 0,72 en 2023, aumentó a 0,75 en 2024 y alcanzó 0,80 en 2025. La recuperación existe y sería incorrecto ocultarla. Pero después de años de políticas familiares, cuidado infantil, permisos y transferencias, continúa extraordinariamente lejos de los 2,1 hijos necesarios para el reemplazo generacional. La OCDE concluye que las políticas familiares son una pieza del rompecabezas, no una cura completa, porque persiste un conflicto profundo entre maternidad y carrera profesional, además de elevados costos de vivienda, educación y presión laboral.
Los bonos ayudan.
Pero un cheque no devuelve años de carrera, tiempo ni seguridad.
El experimento que tampoco resolvió el problema
Noruega proporciona la contraprueba necesaria.
Tiene permisos parentales bien remunerados, educación y cuidado infantil universal y accesible, brecha salarial relativamente pequeña y uno de los Estados de bienestar más desarrollados del planeta.
Y también disminuyó fuertemente su fecundidad.
La propia OCDE reconoce que el caso noruego continúa siendo parcialmente un rompecabezas. Además de factores económicos aparecen cambios culturales: maternidad más tardía, familias más pequeñas, mayor educación y nuevas prioridades vitales.
Japón agrega otra advertencia. Décadas de estancamiento o descenso inmobiliario no produjeron por sí mismas una recuperación sostenida de la fecundidad. Italia y Polonia muestran que una tradición cultural o religiosa favorable a la familia tampoco garantiza reemplazo generacional. Los países nórdicos demuestran, a su vez, que excelentes permisos y sistemas de cuidado pueden reducir barreras sin necesariamente devolver la fecundidad a 2,1.
Ninguno de estos ejemplos demuestra que vivienda, políticas familiares, cultura o trabajo sean irrelevantes. Demuestran algo más incómodo: todo ello influye, pero no es suficiente para explicar el problema completo.
Esto obliga a abandonar dos simplificaciones opuestas.
No es cierto que todo se solucione entregando dinero.
Pero tampoco es cierto que las condiciones económicas sean irrelevantes.
La fecundidad moderna parece responder a una combinación de costo económico, costo de oportunidad, transformación cultural, relaciones de pareja, vivienda, expectativas futuras y capacidad real de conciliar crianza y proyecto personal.
Una advertencia escrita en 1956
Hay además una historia casi olvidada que merece ser recuperada, no como explicación única del derrumbe demográfico, sino como una pregunta sobre los incentivos que construyeron los Estados modernos.
A mediados de los años cincuenta, el economista alemán Wilfrid Schreiber diseñó una propuesta de seguridad social basada en un contrato entre generaciones.
Su razonamiento era sencillo.
Los trabajadores activos producen los recursos que permiten sostener a quienes ya dejaron de trabajar. Pero esos mismos trabajadores también deben financiar y criar a quienes producirán cuando ellos envejezcan.
Schreiber proponía, por ello, que el sistema reconociera ambos extremos: vejez e infancia.
La reforma alemana de 1957 incorporó fundamentalmente la primera mitad de esa lógica: los trabajadores financiarían a los jubilados. La propuesta de incorporar una suerte de “pensión de infancia y juventud” no fue adoptada. La documentación histórica alemana confirma esta diferencia entre el plan original y lo finalmente implementado.
Sería históricamente excesivo afirmar que aquella decisión causó la crisis mundial de fecundidad. Pero la asimetría que dejó instalada merece atención: las sociedades desarrollaron mecanismos colectivos cada vez más sofisticados para financiar la vejez, mientras la formación material y temporal de la generación siguiente continuó descansando en gran medida sobre las familias.
A Konrad Adenauer se le atribuye una respuesta que envejeció extraordinariamente mal:
“Los niños siempre vendrán”.
Hay que ser rigurosos: la frase está atribuida a Adenauer y no existe certeza documental de que la pronunciara exactamente así. Incluso fuentes alemanas oficiales utilizan la expresión “se dice que”.
Lo importante no es la frase.
Es la idea económica detrás de ella.
Durante generaciones se asumió que producir la siguiente generación era algo que las familias harían espontáneamente.
Hoy sabemos que no necesariamente ocurre.
La paradoja del hijo ajeno
Aquí aparece una cuestión incómoda.
Criar un hijo supone para una familia alimentación, vivienda, salud, educación y miles de horas de cuidado durante aproximadamente dos décadas.
Cuando ese niño se convierte en adulto, comienza a producir, consumir y pagar impuestos.
Parte del beneficio económico de aquella inversión privada se transforma entonces en beneficio colectivo.
Esto crea una asimetría real: los padres soportan una parte importante del costo de producir la siguiente generación, mientras toda la sociedad participa posteriormente de su productividad.
El informe Walsh lo denomina de manera deliberadamente provocadora “tragedia de los comunes demográfica”.
La formulación merece discusión académica, pero el problema económico que señala existe: una sociedad necesita generaciones futuras aunque, individualmente, cada ciudadano pueda optar por no financiar su crianza.
Eso ayuda a explicar por qué la natalidad dejó de ser solamente un asunto privado.
La pregunta económica es incómoda pero legítima: ¿construimos sociedades en las que tener hijos genera una parte importante de sus beneficios futuros para todos, mientras una parte desproporcionada de los costos presentes permanece en quienes deciden tenerlos?
Si la respuesta es afirmativa, existe un problema de incentivos que ningún bono ocasional resolverá por sí solo.
Lo único que no puede aplazarse indefinidamente
Existe todavía una tercera capa.
La sociedad contemporánea convirtió muchas decisiones que antes tenían calendarios relativamente rígidos en decisiones aplazables. Se puede estudiar más tarde, cambiar de profesión a los cuarenta, iniciar una empresa a los cincuenta, formar una nueva pareja o comenzar otra vida en otro país.
La maternidad y la paternidad también se han desplazado hacia edades mayores. Ese aplazamiento tiene razones comprensibles: educación prolongada, ingreso tardío al empleo estable, vivienda, búsqueda de pareja, desarrollo profesional y deseo de alcanzar seguridad antes de formar una familia.
Pero existe una diferencia fundamental: la biología reproductiva no se ha desplazado al mismo ritmo que nuestras expectativas sociales.
Por eso una parte de la crisis contemporánea puede no consistir únicamente en personas que deciden no tener hijos. También incluye personas que desean tenerlos más adelante y descubren que el margen biológico, relacional o económico terminó siendo menor de lo esperado.
Esta dimensión necesita cautela: no permite responsabilizar a las mujeres ni convertir decisiones personales en obligaciones públicas. Pero sí obliga a estudiar la distancia creciente entre la edad en que las sociedades modernas consideran razonable formar una familia y el calendario biológico dentro del cual esa decisión resulta más sencilla.
¿Y las AFP?
Aquí también debemos separar evidencia de ideología.
En 1980 Chile creó mediante el Decreto Ley 3.500 un sistema basado en capitalización individual.
La intuición parece resolver el problema demográfico: si cada trabajador acumula su propio capital, ya no necesita que una generación joven financie directamente su jubilación como ocurre en un sistema de reparto.
Pero la economía real es más compleja.
Un fondo puede acumular acciones, bonos y otros activos. Sin embargo, el valor y rentabilidad futura de esos activos dependen de economías que produzcan, empresas que vendan, consumidores que compren y trabajadores que generen actividad.
La propia literatura de la OCDE advertía hace décadas que incluso los sistemas completamente capitalizados no escapan enteramente a las presiones demográficas, aunque la diversificación internacional puede amortiguarlas.
La OCDE continúa considerando actualmente el envejecimiento y la caída de la fecundidad como riesgos para sistemas previsionales y mercados financieros.
Esto no significa que reparto y capitalización sean equivalentes.
No lo son.
El reparto está mucho más directamente expuesto a la relación entre cotizantes y jubilados. La capitalización puede diversificar inversiones internacionalmente y distribuir parte del riesgo.
Pero ninguno puede independizar completamente la jubilación de la economía que existirá cuando esos ahorros deban transformarse en bienes y servicios reales.
Lo que comienza a desaparecer
La consecuencia más visible del descenso demográfico no será una estadística.
Será una sala de clases.
Después otra.
Y después un colegio.
Una generación pequeña necesita menos jardines infantiles, menos escuelas y, años después, menos universidades.
Luego llega al mercado laboral.
Habrá menos trabajadores jóvenes entrando mientras aumenta la población mayor que necesita salud, pensiones y cuidados.
La OCDE calcula que la población chilena de entre 20 y 64 años podría caer 23% durante los próximos 40 años, frente a aproximadamente 13% para el promedio de la organización.
El FMI ya advierte que el envejecimiento puede disminuir el dinamismo económico chileno y considera necesario elevar participación laboral y productividad para compensar los efectos demográficos.
Menos nacimientos hoy significa menos trabajadores dentro de veinte años.
Pero también significa menos contribuyentes, menos consumidores jóvenes, mayor gasto sanitario y una estructura política crecientemente dominada por electores de mayor edad.
¿Puede la inmigración resolverlo?
Puede ayudar.
No puede borrar el problema.
Chile tenía estimados cerca de 1,92 millones de residentes extranjeros a fines de 2023.
La migración puede aumentar rápidamente la población en edad laboral y por eso será inevitablemente parte de cualquier estrategia demográfica futura.
Pero existe una limitación poco discutida: los inmigrantes también envejecen.
Para mantener permanentemente una estructura joven mediante inmigración sería necesario sostener sucesivas generaciones migratorias, con consecuencias sociales, territoriales y políticas que también requieren planificación.
La inmigración puede comprar tiempo.
No reemplaza una política demográfica.
El país que viene
Chile todavía piensa el problema como natalidad.
Probablemente deberá comenzar a pensarlo como demografía.
Porque intentar llevar nuevamente la fecundidad desde 0,99 hasta 2,1 exclusivamente mediante bonos parece poco realista a la luz de la experiencia internacional.
El problema, entonces, no admite una consigna sencilla. No es solamente vivienda. No es solamente empleo. No son las mujeres trabajando. No es la pérdida de religión. No es el individualismo. No es la falta de subsidios.
Todo aquello puede influir. Ninguna explicación basta.
Lo que sí aparece es una combinación particularmente poderosa: tener hijos exige una enorme inversión privada de dinero y tiempo; el costo de oportunidad de ese tiempo aumenta con el desarrollo; una parte del retorno social de criar a la siguiente generación se distribuye sobre toda la sociedad; y las decisiones familiares se postergan dentro de un calendario biológico que no se posterga con ellas.
Naciones Unidas considera altamente improbable que los países que ya alcanzaron fecundidades ultrabajas regresen al nivel de reemplazo durante las próximas décadas.
Por eso existen dos políticas distintas que Chile deberá desarrollar simultáneamente.
La primera consiste en eliminar barreras para quienes sí quieren tener hijos: vivienda, cuidado infantil, compatibilidad laboral, corresponsabilidad, estabilidad económica y protección de las trayectorias profesionales.
La segunda es posiblemente más difícil:
preparar Chile para funcionar con menos jóvenes y muchos más adultos mayores.
Eso significa productividad, automatización, inmigración administrada, ciudades adaptadas, prolongación voluntaria de vidas laborales, reconversión de infraestructura educacional, sistemas de cuidado y una discusión previsional que incorpore la demografía como variable central.
Naciones Unidas ya recomienda precisamente tecnología, automatización, capacitación permanente y extensión de oportunidades laborales en las sociedades que envejecen.
Durante mucho tiempo pensamos que el futuro consistía en administrar una población creciente.
Ese futuro cambió.
Los niños que no nacieron en 2025 no se notarán demasiado mañana.
Se notarán en 2045, cuando no lleguen al mercado laboral.
Y entonces ya será demasiado tarde para concebirlos.
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