Primer Mes

Como un efecto inercial, el contraste entre la instalación del nuevo gobierno y la nueva oposición solo ha venido a confirmar la magnitud de la derrota vivida por la centroizquierda en los últimos años. Bastaron apenas un par de semanas para que las estelas del supuestamente sólido “legado” de Michelle Bachelet terminaran de esfumarse del imaginario colectivo, siendo desplazadas por el brusco cambio de agenda impuesto por los actuales inquilinos de Palacio.

Así, en breve lapso, Sebastián Piñera instaló un escenario que hizo difícil para sus adversarios negarse a la búsqueda de acuerdos prelegislativos. En rigor, la participación en las comisiones convocadas por el nuevo gobierno se transformó en el hasta ahora principal punto de quiebre opositor, un acierto político de La Moneda que tempranamente vino a develar los disensos estratégicos que hoy recorren a las fuerzas de la ex Nueva Mayoría y del Frente Amplio.

De algún modo, la incapacidad del “bacheletismo” para convertirse en un factor ordenador –al menos del ex oficialismo- es una señal indesmentible de los grados de distancia y desafección que la anterior administración generó en la centroizquierda. Hoy esa realidad facilita la acción del nuevo gobierno, al permitirle usar dicha orfandad para fortalecer su iniciativa y reordenar a los actores políticos en función de sus propias prioridades. En principio, la oportunidad que no pocos opositores han visto en la lógica de la colaboración, simplemente no habría sido posible si la herencia de Bachelet estuviera jugando aunque fuera un mínimo papel aglutinante.

Con todo, las facilidades que el cuadro opositor otorga al Ejecutivo no han evitado los errores no forzados. Entre ellos, un protocolo para la objeción de conciencia en materia de aborto que no habría sido visado por el presidente y el flanco que el ministro de Justicia abrió con sus críticas a la independencia de la judicatura; dos casos que ilustran los déficits de coordinación todavía existentes entre el equipo el equipo político de La Moneda y los ministros sectoriales. Problemas que en esta fase inicial y frente al desorden opositor pueden no haber causado mayores estragos, pero que de no subsanarse en el corto plazo tendrán una cada día más nociva incidencia.

En resumen, un primer mes donde el gobierno no tuvo grandes dificultades para modificar la agenda de prioridades, imponer la lógica de la colaboración y dejar en evidencia los desacuerdos opositores. Sin embargo, entre las interrogantes que este inicio auspicioso deja sobre la mesa está precisamente la capacidad del Ejecutivo para mantener el impulso e impedir que su iniciativa política pierda consistencia. Es cierto que la oposición vive aun las secuelas de una derrota histórica pero también lo es que, tarde o temprano, empezará a mostrar una mayor capacidad de articulación. El gobierno tiene hoy buenos resultados –Sebastián Piñera incluso ha subido en las encuestas – pero no poco de estos logros y evaluación pública se explica por el factor estructural de una oposición todavía en coma.

El desafío y las dudas que este primer mes instala en el horizonte, apuntan precisamente a la capacidad de respuesta del gobierno ante un escenario distinto, ese momento inevitable en que deberá enfrentar a un adversario ya repuesto.

Max Colodro
Escuela de Periodismo
Universidad Adolfo Ibáñez